Miércoles Santo: Rufino Quintana

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ el MIÉRCOLES SANTO





Si a las nuevas generaciones de cofrades del uso y el abuso de twitter preguntamos por Rufino Quintana, probablemente se encojan de hombros, frunzan el ceño y dibujen un signo de interrogación sobre sus seseras. Es cuanto consecutivamente acontece en la Semana Santa del Siglo XXI: que toman el absolutismo protagónico gente de anteayer por la mañana cuyo corto recorrido colisiona con el imprescindible conocimiento de sus más inmediatos antecesores. Constituye el hándicap de conceder patente de corso, cuartelillo y alcachofa a ¿cofrades? tardíos o párvulos –legos en la materia-, advenedizos y sin embargo ávidos de autocomplacencia. Urge sobremanera la Enciclopedia Espasa del Quién fue Quién en la Semana Santa de Jerez. Para que no nos llamemos a engaño y asimismo para obrar en consecuencia cuando de considerar el legado de nuestros mayores se trata. Parece exigible -si afinamos aún más si cabe- la revalorización (o, al menos, la divulgación) de la nómina de cofrades proactivos de las década de los 70 y los 80.

Es el caso, verbigracia, de Rufino Quintana. Estamos llamados a poner en valor el censo de aquellos hermanos hacedores de un todo –tallistas del pasado- cuya memoria parece surcada de olvidos y casi resonancias ficcionales. Javier Soria coincidirá conmigo no sólo en lo tocante a cofrades legendarios del Prendimiento sino en lo referente a la globalidad intrahistórica de nuestra Semana Santa. Como así Antonio Soto, Diego Romero, Paco Garrido… Todos ellos defensores a ultranza del cómputo de nuestros predecesores. Rufino Quintana -al margen su temperamento racial y castizo- cuajó una labor impagable en el enriquecimiento del patrimonio material de la Hermandad del Prendimiento. Gracias a su fecundo quehacer de marketing a la antigua usanza (es decir: una copa a las doce y doce copas a la una para ganar adeptos en pro de su cofradía) y a su capacidad de convencimiento frente a cofrades pudientes de la época, la cofradía del barrio de Santiago pudo adquirir el palio del Desamparo y el juego de atributos del cortejo de la Virgen. Rufino era una tremolina humana, una eclosión, un desborde, una torrentera, una gracejo connatural –no podías evitar reírte con él a mandíbula batiente-, una devoción a la enésima potencia por la Madre de Dios que al nombre de Desamparo responde.  

Rufino no se andaba con chiquitas. No conocía los términos medios al punto de tutelar a su Hermandad del Prendimiento y/o a la Semana Santa de esta bendita tierra. Chistoso y chisposo, noble y bienhadado, gustaba de platicar sobre hermandades. Cierto mediodía de principios de los años ochenta, Rufino Quintana tertuliaba con su amigo Antonio Berro (q.e.p.d.), Luis Sola López-Cepero, Pepe Martínez Campaña y algunos habituales más en la oficina –planta baja- que el hoy recordado Berro tuvo durante décadas en la calle Armas. Y en “lo mejor del querer”, cuando la charla adquiría sus más altas cotas de animosidad, de risas y confraternización, accede al sitio una señorita enclenque y marisabidilla, una comercial de la entonces exitosa empresa Discolibro –antecedente de Círculo de Lectores en la remembranza colectiva de este país-. La chica visitaba la oficina con decididos ánimos de sumar nuevos clientes. Rufino, al verla entrar, silabeó por lo bajinis un “ozú, ya nos van a entretener”. Cuando la comercial alcanzó la cercanía de tan jaleosa tertulia, se hizo el silencio por respecto y atención, y –sonriente y casi victoriosa- preguntó con maquinal pose: “¿Os gusta la lectura o la música?”. Y Rufino –a bocajarro y sin contemplaciones y entonando esa ronca voz de huracán en celo que Dios le dio- respondió anticipadamente: “¿La lectura o la música? Ni una cosa ni otra. Pues no, mire usted por dónde. A mí lo que me gusta son las cofradías. ¿Entiende usted? Las-co-fra-dí-as. Y como usted no va a ofrecerme nada, pero absolutamente nada de cofradías sepa que aquí no tiene nada que hacer. Buenas tardes y vaya usted con Dios”. Así de genial y de expeditivo fue Rufino Quintana Barroso. El Rufino de cuya mano llegaría el hermanamiento del Prendimiento con aquella Policía Armada de 1974. Constante y servicial –de José Pérez Luna aprendió la máxima de “grano a grano se hace el granero”- Rufino Quintana recobra hoy la catarata de su inmenso amor por su Virgen del Desamparo. Me cuentan que ahora anda convenciendo a  Pedro Domecq de la Riva para que lidere la Plataforma Pro-Santiago.   

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