Felicitación de Navidad de MAV-Comunicación (Agencia de Comunicación y Gestión Cultural)

 


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Felicitación de la GECA

 


Felices Fiestas y un 2022 lleno de Cultura y Salud

Desde la Asociación Andaluza de Profesionales de la Gestión Cultural queremos transmitiros nuestros mejores deseos para estos días. Que 2022 venga cargado de Salud y Cultura.

Nuestra oficina permanecerá cerrada del 24 de diciembre al 7 de enero. Cualquier cosa urgente puedes escribir a comunicacion@gecaandalucia.org y lo trataremos de responder lo antes posible.

¡Felices Fiestas!

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¿Conoces el dossier de Cartuja Homes?

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Felicitación de ALBERTOVILLAGRAN Consultora de Propiedades

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Jerez y el imaginario de un recogepelotas


 

 

Marco A. Velo – Jerez íntimo – Diario de Jerez 

 

 

Pertenezco por derecho propio -el que otorga el árbol genealógico de la sangre- a una peña industrialista de raigambre y pundonor. En su grupo de WhatsApp leo el siguiente entrañable comentario: “Buenos días, si conocéis algún niño que el domingo en Chapín quiera estar de recogepelotas que hable conmigo. ¡Un saludo!”. La solicitud enseguida me cubrió de ternura. Lancé la reflexión al perímetro de lo retrospectivo. Para rememorar al chavea que fui. El palabro tiene sus variantes: recogebalones, alcanzapelotas o balonero. Lo que traducido resulta: el encargado de regresar a toda pastilla los balones de fútbol a la cancha para impedir que se pierda el tiempo de juego.  

 

Los recogepelotas encarnan el paradigma primigenio del juego limpio: no sólo devuelven los balones al equipo de casa sino también a los contrarios. ¿Por qué nunca fuimos recogepelotas cuando además admirábamos con pasión a nuestros héroes de la infancia cuyos exponentes lucían las rayitas blancas y azules? ¿Por qué no, si además hubiésemos disfrutado de lo lindo frisando la emoción futbolística a pie de campo? Cuanto en apariencia parece una encomienda de poca monta… en puridad responde a un sueño que hoy, con el paso de los años, constituye el ideal imaginario que nunca afrontamos Dios sabrá por qué recóndita razón. De niño jamás me planteé ser recogepelotas. ¿Por qué? Durante la niñez nuestro pensamiento se edita a cámara lenta mientras los acontecimientos corren en derredor como galgos en pos de liebres saltarinas. Son las dos percepciones de una velocidad que los chiquillos ralentizan quizá por mor del estiramiento de la inocencia. 

 

¿Recogepelotas? Un disfrute que pudo haber sido y ni por asomo fue. En la vida a veces pasan ante nuestras narices trenes con envoltura de inadvertencia. Como manos tendidas que despreciamos de entrada por puro desconocimiento de su largo alcance. ¿Recogepelotas? ¡Menudo servicio al club! Y qué manera privilegiada de observar casi codo con codo las galopadas de Cabral por la banda izquierda de un Jerez Industrial repleto de ídolos de la ceca de la portería nuestra a la meca de la contraria: con el 1 Navarro, con el 2 Antoñito, con el  3 León, con el 4 Alí, con el 5 Tarrío, con el 6 Miguel, con el 7 Ignacio, con el 8 Callado, con el 9 Pajuelo, con el 10 Mané y con el 11 Cabral. ¡Tracatrá! 

 

¿Recogepelotas? Los niños de mi edad que sí lo fueron vibrarían repartidos por los estadios de España en aquellos domingos de fútbol y Carrusel Deportivo. Y casi abrazaron los obuses de Kempes  al fondo de la red -la nariz aguileña, la media melena (era un Gardel rematando), ¿verdad que sí, pibe?-: ¡No diga Kempes, diga gol! O las palomitas de García Remón o los pases cerebrales de Ricardo Gallego delineando la jugada parando en seco el esférico o las zancadas de Perico Alonso, como una gacela de Thomson, como un antílope blaugrana, como un coyote de larga vista campo a través. O los giros sobre su propio eje de Enrique Castro ‘Quini’ en el punto de penalti. O los triangulares entre los hermanos (de sangre) Julio y Pepe Juan en aquella gran Unión Deportiva Las Palmas donde el amarillo no era sinónimo de superstición. O, de nuevo en tierra jerezana, la elegancia de toque de los Pozo, Torres, Diánez, Rivas…

 

¿Recogepelotas? Esa opción ya imposible pertenece al ámbito de la niñez y en dicho territorio infantil quedaría para siempre. Como una oportunidad perdida que jamás supimos ni descubrir ni mucho menos conquistar. De adulto ya sobrevinieron (colándose de rondón -intrusamente- en nuestra serenidad) quienes ejercen de una sonoridad léxica parecida al recogepelotas pero con una fanfarria vocinglera diametralmente opuesta: los tocapelotas. Pero estos últimos forman parte ya de las aristas más puñeteras de la adultez. O sea, de la vida real. 

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Jerez, que desayunas en la calle


 

Marco A. Velo – Jerez íntimo – Diario de Jerez

 

 

Al alba… somos un espectador medianamente atento -con ojos saltones- de nuestro propio yo. Al alba… no salimos por peteneras. Al alba… ya nos hemos lavado las manos -mas nunca como Pilatos-, hemos leído en el retrete según elixir literario recomendado por Henry Miller, la cuchilla de afeitar de nuevo se ha paseado a sus anchas por las carreteras secundarias del mentón, el espejo nos ha devuelto la imagen de un desconocido con quien ya hicimos antaño buenas migas, el ascensor nos topa frente por frente con nuestro doble, el domicilio comienza  alejarse a nuestras espaldas como una ciudad fantasma embadurnada de nebulosa, la tentativa de las bajas temperaturas en efecto cala los huesos, la grisura del cielo pronto se tornará gran toldo celeste del mundo y las suelas de los zapatos también andan a compás. 

 

Nos dirigimos a solas camino de nuestra cafetería cosida con hilos de paté de higadillo a la cotidianidad que nos recalca como hombre de costumbres fijas. La panacea del carpe diem es el café que nos sirve el camarero (ya amigo de tantísima visita inalterable). Costumbrismo y tipismo confluyen cada mañana en los bares de nuestra ciudad. Ya aprendimos con Camilo José Cela cómo el entorno vital se despereza en la que consideramos nuestra cafetería predilecta y así formamos parte de la colmena diaria de otras tantas personas coincidentes en idéntico destino. Desayunar en la calle alimenta nuestro tempranero ímpetu personal. Es como un rito que nos atempera el ánimo y nos proyecta al menos hacia los cangilones profesionales de las próximas horas. Un reencuentro interior al abrigo del descafeinado de máquina. No es que entonces detengamos el tiempo sino más bien activamos el cronómetro del inminente rendimiento (que sólo de nuestra voluntad depende). 

 

Los desayunos son el barómetro de una sociabilidad henchida de bullicio, diálogo, confidencias, chascarrillos, titulares de mentideros y miradas de soslayo. Los desayunos en la calle nos otorga un papel protagonista de voyeur innominado. Todo lo observamos como de incógnito (no robamos besos pero sí prejuicios). La tostada es como una greguería de barato galardón gastronómico y condimento iniciático. Algo así como el elixir energético del ciudadano que transita aún por las legañas de su matutina puesta en marcha. Quien desayuna en la calle consigo mismo y con nadie más nunca se sentirá infiltrado en conversación ajena, sino en todo caso simpatizante del monólogo interior. Confesión según el dictado del pensamiento inconfeso. 

 

Existen dos interferencias (molestosas) en la calma chicha que nos proporciona el desayuno mañanero: los chillones o las chillones en las mesas contiguas: con sus gritos huracanados -y vitaminados- que nos hacen trizas los tímpanos y nos aturden y acogotan en mareos sucesivos. Y, en segundo lugar, el lector de periódicos que se adueña de todas sus páginas hasta prórrogas de extenuación. Tanto los primeros como el segundo siempre vienen a contrapelo. Los lectores de periódicos de pe a pa, de la mancheta a las esquelas, de los ladillos al anuncio por palabras, de la noticia de portada a las sinopsis de las películas de televisión del día, son tipos desconsiderados para con la prisa del resto de iguales que untan mantequilla codo con codo. ¿Cuánto tiempo corresponde a un cliente poseer entre sus manos el periódico de la casa que además ha de compartir con quien, en tácito turno no controlado, aguarda impaciente el traspaso de poderes del papel prensa? Haberlos, haylos,  que hacen la vista gorda y oídos sordos y se lían la manta de la lectura del rotativo a la cabeza de su apoderamiento sin coto ni término. ¡Cuánto nos hacen sufrir, en la desesperada espera, estos desaprensivos! No tienen sentido de la medida: pasan en un santiamén del hábito saludable a la más deleznable de las cursilerías.  

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Navidad 2021: la invasión de los juguetes escatológicos


Marco A. Velo – Jerez íntimo – Diario de Jerez 

 

 

Quienes somos padres debemos estar al quite de la nueva deriva que se impone en los catálogos de juguetes hoy repartidos con ahínco por los buzoneos de media España. Cuanto publicitan estas páginas que hacen las delicias de los pequeños poco dista de aquello que encontramos en los expositores de las jugueterías más selectas. El marketing decorativo aquí juega una función esencial a la hora de enganchar y reenganchar a los chiquillos ávidos de misiva a los Reyes Magos. El mundo de la niñez adquiere entonces un trasfondo expansivo y lineal. El universo de los juguetes siempre ha conservado la transparencia mágica de su carácter amable, inofensivo, pedagógico, educativo…

 

Sin embargo no todo es progresía en esta sociedad post-pandémica. También existen estancamientos y retrocesos. Aludimos a cierta tendencia monotemática de la juguetería moderna, donde las cañas se tornan lanzas. Ya sabemos que la generalización conlleva injusticia y que tampoco apelaremos al discurso catastrofista de la negatividad por norma. Pero lagarto, lagarto: los juguetes escatológicos han irrumpido por las bravas bajo la aparente celosía del mero divertimento. ¡Quién se lo iba a decir a los guionistas del anuncio de las Muñecas de Famosa cuando, cincuenta años atrás, escenificaron la musical pedagogía de la pureza infantil en aquel televisivo spot de “mensaje feliz” tan pegadizo! 

 

La escatología como reclamo. ¡Tome usted, lector, el rábano por esa hoja! ¿La escatología como ensanchamiento borrascoso del desaprendizaje? Para no desdecirnos, enumeremos algunos ejemplos de cuanto la industria del juguete coloca a dos palmos de narices de nuestros hijos en los escaparates de la ilusión ahora de nuevo reforzados por mor de las fiestas navideñas. En lugares preferentes de la sección de juguetes de los grandes almacenes o de jugueterías especializadas usted podrá toparse con las cajas de gran tamaño de juegos como ‘¡Caca chaf! Pisa la caca’: “Diviértete esquivando las cacas con los ojos vendados”. O bien: ‘Baño boom: ¡Atrapa la caca!’ Por cortesía con el lector omito la explicación detallada de las instrucciones de esta propuesta que al parecer ya alcanza cotas de los juegos más vendidos de la temporada. Otra opción no menos desagradable es ‘Pepe Moco: “Sácale los mocos sin hacerlo estornudar”. Léase: un busto del tal muñeco Pepe de quevediana nariz superlativa cuyos orificios contienen ya imaginan ustedes qué verdosos elementos. 

 

¡Ay de aquellos padres cuyos hijos pidan a sus Majestades otra barrabasada de tal calibre: ‘¡No despiertes a papá… y la tarta de chocolate será tuya!’. No echen demasiado a volar la tentativa y acertarán de pleno. ‘Tragatoy, el monstruo de los juguetes’ puede producir arcadas de puro asqueroso. O ‘Pedrete, el mono guarrete’. O ‘Hijos contra padres en un salvaje juego de habilidades’. ¿Apelación a la guerra doméstica? ‘Monopoly la Casa de Papel’: abramos un sombrío interrogante. Otro título inquietante: ‘Dinopeligro: ¡Como te pille robando a sus crías, estás perdido!’ Con los ‘Atizatopos’ martillazo va y martillazo viene. 

 

‘Mandíbulas’ al menos lanza un aviso a navegantes en la cubierta de la caja: “Tira la caña y saca la pesca con cuidado… si no quieres que Tibu te lance un bocado”. Suma y sigue: ‘La abuela majareta’. No añadamos ni una coma. Amén el bebé que echa ventosidades o el minúsculo unicornio que defeca. O el pepón que expulsa “mojoncitos”. ¡Para echarse las manos a la cabeza! Menos mal que aún permanecen las colecciones del todo actualizadas -y no menos interesantes- de los Playmobil y/o la fantástica renovada de Lego. Además de versiones inofensivas, blancas, de juguetes más tradicionales. Y menos malolientes. ¡Por favor, niños del mundo: elegid bien, pero que muy requetebién! ¡De lo contrario no os quejéis luego aduciendo que los Reyes Magos este año se han portado como una auténtica mierda! 

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Jerez en noviembre

 

 

Marco A. Velo – Jerez íntimo – Diario de Jerez 

 

Noviembre nos resta bizarría. Nos alela en su oscuridad temprana. Nos acogota y nos encierra como entre barrotes de una cárcel interior que hiela sentidos y posterga emociones. Existe como una predeterminación, como un determinismo, para la hibernación no sólo animal (a buen entendedor, pocas palabras bastan). Noviembre lanza flechas de heladera y los jerezanos nos reencontramos con nuestra mismidad al calor del faldón de la mesa de camilla. Parece que noviembre reclama la morada interior de los recuerdos más nostálgicos. La etimología de quién fuimos, el abrigo de nuestros difuntos y el linaje de un aderezo que ya incluye la lana. Noviembre es concéntrico, como las vueltas de la bufanda en nuestra yugular: el tiempo se congela y no sólo en razón de las bajas temperaturas. Noviembre solicita la copa de Río Viejo cuando el aperitivo de los domingos soleados ya anuncia una cazuela de berza de pan mojar. En noviembre se hace veraz el aserto de Rafael de Paula porque este mes invita a comerse en Jerez las papas enteras. 

 

Noviembre propende a la intimidad y a la complacencia doméstica. A la contención. Al ojo avizor. Al sondeo sin tapujos de los proyectos personales. Todo indicaba que el verano alcanzaría hitos de alargamiento en este anticonvencional año 2021, pero noviembre puso pies en pared, calcetines en los ídem, y el frío ya forzó el adiós de las guayaberas, tan prácticas y tan pragmáticas. Si tuviéramos que elegir una lectura de Ramón Gómez de la Serna para los sábados de noviembre, sin duda sería ‘Automoribundia’. ¿O igual ‘La Sagrada Cripta de Pombo’? 

 

En noviembre las piscinas de nuestras urbanizaciones pasan a segundo plano porque adquieren impronta de gran charco cetrino, yerto sobre un lecho de olvido y sombras. Parecen todas la misma piscina de la mansión triste y polvorienta -a modo de diablo de la analogía- de Norma Desmond en ‘El crepúsculo de los dioses’. En noviembre vuelve a su ser el retablo de ánimas, los epitafios, los mármoles y el oficio de Caronte -ya saben: el dinámico barquero de Hades que guía sin pestañeo las errantes y conmovidas sombras de los difuntos de lado a lado del río Aqueronte-. 

 

En noviembre reverbera la maldad de la bruja de carne y hueso: tan dada al confusionismo, a la cólera histriónica y a la soberbia en cantidades industriales. ¡Vade retro! A veces se manifiesta en el gato encerrado de la murmuración. ¡Lagarto, lagarto! En noviembre por el contrario a su vez el poeta escribe sus versos más descarnados y sus rimas catárticas. Y Jerez sigue dialogando con los familiares idos en una especie de negociación afectiva -a lágrima élega- entre el más allá y el más acá. Los besos ahora no son de ida y vuelta sino de reciprocidad entre lo visible y lo invisible. En noviembre los jerezanos han de rezar repetidamente al Santo Crucifijo de la Salud y a la pálida y conmovedora Virgen del Mayor Dolor. 

 

Noviembre es presencia de castañas -al humo que más calienta- y ausencia de guía de belenes en las imprentas de la inminencia. También noviembre es disfrute y aplauso para un enlace matrimonial celebrado el día 30 del pasado mes en la Basílica del Carmen y cuya felicidad desbordante ahora nos inunda a los jerezanos de bien. Enhorabuena a los contrayentes, Alejandra Gutiérrez García e Ildefonso Roldán Macías, y a sus padres Francisco Gutiérrez Capote y Ana María García Aguilar e Ildefonso Roldán Martín y Toñi Macías Sánchez. ¡Qué de Esperanza, escrita con mayúsculas de terciopelo verde, prevaleció en este jubiloso acontecimiento! A propósito: noviembre asimismo es un mes de alegre expectación. ¿Cómo no serlo si a la vuelta de la esquina asistiremos de nuevo -¡ramiré!- al nacimiento del Niño Dios?  

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Pepe Puyol o cuando el Niño Jesús nació en la Plata


Marco A. Velo – Jerez íntimo – Diario de Jerez 

 

 

Esta columna de hoy lunes no puede coger las de Villadiego. Porque el protagonista que ahora elevamos al papel prensa es humilde de condición y transparente hasta las trancas. Porque jamás se la jugó ni se la juró a nadie y porque su existencia -serena como un verso de tinta verde- ha basculado entre la simpatía y la autosuperación. Vino al mundo José Puyol Vargas ‘Nene’ -jerezano hasta las cejas- meses antes de que la selección española de los Ramallets, Puchades, Basora, Gaínza y Zarra históricamente pasara a la semifinal de aquel mítico Mundial 1950. O sea: con el deporte ya predestinado en las cachas. Sus padres y abuelos eran habitantes identitarios del barrio de San Pedro -allí donde el callejeo del costumbrismo más familiar afloraba en algarabía de niños con flequillos cortados en horizontal simetría y pantalones cortos al uso infantil de la época franquista-. Barrio cuyo clima social ya “estaba como nunca”, al compás del pegadizo eslogan de Fundador. 

 

Sin embargo, por mor del punto y seguido del hilo de su biografía, Pepe Puyol nació en un piso nuevo que sus padres habían adquirido en la barriada la Plata. El parto irradió aquel azul machadiano tan soleado de infancia. Me cuentan testigos directos del feliz natalicio que la matrona hizo correr la voz ipso facto entre el vecindario, con rapidez de noticiero de boca a oreja, de casapuerta en casapuerta, y de ventanales a balconadas, de azoteas a patios de geranios, en atención a un único y casi bíblico anuncio: allí había nacido el mismísimo Niño Jesús, “de bonito que era”. El 1 de enero colgaba de todos los calendarios. Y la muchedumbre, tal pastores ante el pesebre de la buena nueva, se aglutinó en pos del recién nacido. ¡Cómo sonreían, ya con la incertidumbre depositada en los cangilones del olvido, sus padres Isabel Vargas y Miguel Puyol! 

 

Nene Puyol ha sido un jerezano hecho a sí mismo. Amante vocacional del mundo no por montera pero sí sobre dos ruedas. Para conocer de cerca y alcanzar a comprender la dimensión de su afición deportiva podríamos valernos de títulos cinematográficos como ‘Deprisa, deprisa’ película tan de minorías como ya de culto para cinéfilos empedernidos como quien suscribe. O la también cinta española ‘Las bicicletas son para el verano’ -no precisamente malograda adaptación de la obra de teatro escrita por Fernando Fernán Gómez-.  O la película italiana de Matilda de Angelis y Stefano Accorsi ‘Veloz como el viento’. O el filme africano ‘El niño que domó el viento’ o la comedia dramática multipremiada ‘El niño de la bicicleta’. 

 

Cuanto ha hecho Pepe Puyol por el ciclismo jerezano está fuera de toda duda. ¿A qué número de ciclistas, contados por cientos, ha formado durante más de cincuenta años a menudo además bajo su propio patrocinio económico? “Hay que invertir en deporte base porque ello contribuirá a formar ciudadanos de primera”. Acaba de ser premiado en la IV Gala del Deporte de nuestra ciudad quien, con todos los honores -no en balde fundó la primera Escuela Ciclista de España- es considerado como el padre del ciclismo jerezano. 

 

Como competidor, como árbitro y como formador Pepe Puyol no tiene parangón en la modalidad. Por tanto no cabe esperar ni un minuto más para el inicio de la tramitación de la solicitud de una calle en su nombre, que es hacerlo por la abnegación, por la educación de los valores deportivos y por la raigambre pionera en la apuesta por del mundo de la bicicleta. ¿Vamos a ello? Pidámoslo a nuestro Ayuntamiento, que de seguro atenderá con sensibilidad la propuesta, y al Niño Jesús que, con “su carita divina”, también supo nacer un 1 de enero de 1950 en la jerezanísima barriada de la Plata. 

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PROGRAMACIÓN CULTURAL

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