Furia española


Furia parece un término descatalogado de nuestra habla común. Antaño era enseña de lo español. Incluso título de un popular caballo televisivo. Pero la furia significaba, con eminencia y preeminencia, un calificativo genuino de los jugadores de la selección española. De fútbol, lógicamente. La furia española tenía mucho que ver con Santillana. Y con José Antonio Camacho, con Rafa Gordillo, con Maceda. Incluso el distintivo venía de mucho atrás: considérese salteadamente, y según las variantes de las épocas, según los subtítulos de cada década, a los Gento, Pirri, Zarra… Sudar la camiseta entrañaba un denominador común de los futbolistas patrios. Del frenesí del coraje deportivo. Algo así como el tutelaje de una pasión expresada según el pundonor del once titular. Los ciudadanos de la piel del toro se identificaban por entero con las hazañas de estos héroes correcaminos. Quizá porque la profesionalidad se aliaba enseguida con los resortes del sentimiento colectivo, compartido, infranqueable, comunicante. El fútbol entrelaza las querencias de un país entero.  Y unifica las variables provenientes de toda clase de distracciones cotidianas. Reconstruye el confesionario feliz de los hijos de una misma nación. Sin artilugios de pantalla plana ni emociones virtuales. Porque lo virtual, en el terreno de juego, pronto deviene virtuoso. Esta Eurocopa hemos recuperado –no a regañadientes sino con todas las de la ley del derecho propio- la ilusión por unos futbolistas que basculan la pelota con artesanal filigrana técnica. El maleficio de los últimos tiempos ha quedado exorcizado en los reconstituyentes guantes de Iker. El paradón sin paredón de la historia recuperada. La zamorana como epónimo de don Ricardo Zamora. La vuelta a los orígenes de los borceguíes y los balones de trapo. Una esperanza en blanco y negro resucita a la afición ibérica. Podemos, ojo al canto del himno sin letra. La expectación está servida en bandeja de césped crecido. Hoy, de nuevo, la concentración, el canto unánime, el grito aficionado. Y en la cantinela del subconsciente de las muchedumbres resuena la estrofilla de Manolo Escobar: La gente canta con ardor, que viva España, la vida tiene otro color ...



(Artículo publicado hace ya algunos largos años en dos de las cabeceras periodísticas del Grupo Publicaciones del Sur)

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